| Escrito por Hugo Afonso Pestana el 30-08-2007 19:24 |
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Desde el punto de visto histórico, una de las cuestiones especulativas que ha provocado vivas discusiones en el estudio de la aritmética ha sido el origen de los números, y ha llevado a un gran número de investigaciones entre las lenguas primitivas y salvajes de la raza humana. ¿Cuándo comenzó la humanidad a pensar en términos de números? La tradición pretende que la ciencia matemática empezó en Grecia, hacia el siglo V a. C., pero los documentos históricos que poseemos actualmente nos permiten suponer la existencia de relaciones numéricas muy anteriores al nacimiento de las grandes civilizaciones antiguas. En los hechos actuales nada nos impide establecer el nacimiento de ciertas relaciones matemáticas en los primeros tiempos de la humanidad. Con la prehistoria, nos encontramos en la fase de las conjeturas. Nos
vemos obligados a depender de interpretaciones que se basan en los
pocos utensilios y documentos que se han conservado. Gracias a los
trabajos de antropólogos y etnólogos podremos, sin embargo, intentar
reconstruir el proceso natural que el hombre primitivo ha podido
utilizar para enumerar objetos concretos o para tratar de hacer balance
de los elementos contados.
En un principio, con anterioridad a la existencia de un lenguaje que favoreciera la comunicación verbal, el hombre primitivo podía observar en la naturaleza fenómenos cuantitativos tales como la diferencia entre un árbol y un bosque, una piedra y un montón de piedras, un lobo y una manada de lobos, etc. Estas primeras observaciones le condujeron a la noción de "correspondencia biunívoca", que otorga la posibilidad de comparar fácilmente dos conjuntos de seres u objetos, tengan o no la misma naturaleza, sin necesidad de cuenta abstracta. El objeto observado es el centro de la atención visual del hombre primitivo, y la desaparición de este objeto lleva consigo la pérdida del estímulo, la ausencia de número.
El hombre primitivo, a partir de estas observaciones, extrae de forma gradual la idea de comparación y asocia un signo a cada objeto observado. Es decir, utiliza la "correspondencia biunívoca" para asociar a una colección de objetos observados un grupo de signos o de cosas. Esta colección de signos puede ser muy variada: desde palitos y cortes, guijarros, conchas y cocos, incisiones o muescas sobre un palo, hasta los gestos de la mano (posiciones de la mano sobre una parte del cuerpo) o de la cabeza.
La práctica del tallado en huesos o trozos de madera es antiquísima. Según Ifrah (1998: 169), los primeros testimonios arqueológicos de ello datan de 35000 -20000 a. C. y se trata de un numeroso conjunto
de huesos, cada uno marcado con una o varias series de muescas regularmente
dispuestas, la mayoría encontrados en
Europa occidental. Así, Boyer (1996: 22)
menciona el descubrimiento, en
Checoslovaquia, de un hueso perteneciente a un lobo joven, hueso sobre el que
aparece una sucesión de cincuenta y cinco incisiones, dispuestas en dos series, por
grupos de cinco. Ifrah (1998: 170-172) nos habla del hallazgo, en Brassempouy,
Las Landas, de un punzón de asta de reno que
tiene una talla longitudinal intercalada entre dos series de muescas
transversales regularmente dispuestas, repartidas cada una en dos grupos: tres
y sietes trozos por un lado, cinco y nueve por el otro.
Además de la práctica del tallado, el
hombre pudo también recurrir a otros muchos intermediarios
materiales: conchas, guijarros, frutos duros, dientes de elefante, nueces de
coco, etc. con los que hacía montones o hileras
correspondientes-a la cantidad que se necesitaba enumerar. Según Ifrah (1998: 58), muchos pueblos primitivos hacen lo mismo, pero
empleando su propio cuerpo. Gilí (citado por Ifrah (1998: 58)) menciona que algunos isleños del estrecho de Torres « se tocan los dedos
uno a uno, luego la muñeca, el codo y el
hombro del lado derecho del cuerpo, luego el esternón,
las articulaciones del lado izquierdo, sin olvidar los dedos de esa mano.
Llegan así a 17. Si eso no basta, añaden los dedos de los
pies, el tobillo, la rodilla y las caderas (de ambos lados). Obtienen así 16 más, por tanto 33 en total. Por encima de ese número, se ayudan con un paquete de palillos ». Otros isleños del estrecho de
Torres emplean un procedimiento análogo con
el que consiguen llegar hasta 19. Asimismo, los indígenas
de las islas Murray se relacionan de igual forma con cierto números de partes del cuerpo llegando de esta forma hasta 29.
Una vez enumerado el grupo de
objetos observados, tiene su aparición la numeración a través de un lenguaje articulado (escrito o hablado). Según Collette (1985: 7), la numeración
presentará variantes según las tribus, debido
a dos factores: primero, el lenguaje de la tribu determina las palabras de carácter numérico y, segundo, el medio en el que la tribu evoluciona determina el
tipo de individuo y las necesidades específicas.
Sin embargo, la sustitución de los objetos por palabras del lenguaje no significa aún que el concepto de número esté en el pensamiento del que enumera. En esta etapa, el hombre
primitivo, que asocia a tres objetos tres palabras distintas,
no puede, sin palabras, pensar en el número
tres. Según Collette (1985: 8), eliminar el soporte material del objeto
observado, para no retener más que el elemento numérico al que corresponde en el proceso de numeración, equivale de hecho a exigir que el observador sea capaz de abstraer.
Esta etapa decisiva se adquiere progresivamente y en la medida en que se
distinguen dos conceptos importes: el número
cardinal y el ordinal. Se trata de dos aspectos complementarios de la noción de número: el cardinal, que sólo se basa en el
principio de emparejamiento, y el ordinal, que exige a la vez el proceso de
emparejamiento y el de sucesión. Según Guedj (1998: 21) « ambas funciones, la
cardinal y la ordinal, son inseparables. En la visión
ordinal el número es visto como el eslabón de una cadena; en
la visión cardinal, es cantidad pura. El cardinal mide,
el ordinal ordena ». Según Dantzig (citado por Ifrah (1998: 78)) «
hemos aprendido a pasar tan fácilmente del número cardinal al ordinal que ya no distinguimos esos dos aspectos del
número entero. Cuando queremos determinar la
pluralidad de objetos de un grupo, es decir, su número
cardinal, ya no nos atenemos a la obligación
de encontrar un conjunto modelo con el que podamos compararlo, simplemente lo
"contamos". Y nuestros progresos en matemáticas
se deben al hecho de haber aprendido a identificar
esos dos aspectos del número ».
Según Collette (1987: 8), el hombre primitivo piensa en un número cuando capta bien las relaciones siguientes: primero, la
naturaleza de los objetos que se van a contar no desempeña ningún papel en la numeración; segundo, el orden
en el que los elementos son observados no influye en el resultado final, es
decir, en el número cardinal; y tercero, el último
elemento contado corresponde al número cardinal de la colección.
Consecuentemente, el paso difícil de dar consiste en reconocer al último
elemento contado como aquél que expresa
"cuántos elementos contiene el conjunto que se puede contar". ¿A qué nivel las tribus de hombres prehistóricos
cumplieron las condiciones antes citadas? Según
Collette (1985: 8) « esta pregunta
permanecerá probablemente sin respuesta debido a la ausencia de documentos
relativo a estas cuestiones ». Sin embargo, se
puede observar, entre las tribus primitivas de comienzos de siglo XX, numerosas dificultades a la hora
de contar: no se entienden, en general, más
allá de los números 1 y 2 ó 1, 2 y 3. Según Lubbock (1987: 402,403) los buchmanos y los indios de los bosques
brasileños eran incapaces de contar más
allá de dos. Asimismo, los indígenas del cabo York
tienen nombre para los números 1, 2 y 3,
mientras que para cuatro dicen "ungatua",
es decir "toda" (sobreentendiendo la mano). Veamos, a continuación, un relato que hace
Galton (citado por Lubbock (1987: 403-405)) a cerca de las dificultades que
ofrecen el lenguaje y la aritmética de los damaras.
« En la práctica los damaras no usan ningún número superior a tres. Cuando desean expresar cuatro,
recurren a los dedos, que para ellos son instrumentos de cálculo tan formidable como el contador para un escolar. Pasando de cinco, se
embrollan a falta de mano libre para
coger y asegurar los dedos, que han de hacer veces de unidades. A pesar de todo rara vez pierden un buey; pero no es
porque descubran la pérdida, sino
por la ausencia de una figura
conocida. Cuando venden carneros, hay que pagarles cada uno por separado; supóngase que el precio de un carnero sean dos rollos de
tabaco; pues de seguro se
desconcertaría un damara
si cogieseis dos carneros y le dieseis cuatro rollos. Yo lo hice una vez, y vi al hombre poner aparte
dos rollos, y mirar a uno de los
carneros que estaba a punto de vender. Convencido de que uno de ellos estaba debidamente pagado, y advirtiendo con
sorpresa que le quedaban exactamente dos rollos para cobrar el segundo, le asaltaron las dudas (...)y acabó por romper el trato, hasta que al fin le puse en la mano dos rollos, y
separé el segundo carnero ». « Una vez que
observaba yo a un damara enredado desesperadamente en una cuenta, a
un lado mío,
vi al otro lado a mi podenca Dinah, no menos apurada. Examinaba atentamente media docena de cachorros recién nacidos, que se le habían quitado dos o tres veces, y era excesiva su ansiedad, mientras procuraba darse
cuenta de si estaban todos presentes o
le faltaba alguno todavía. El
animal se deshacía, recorriéndolos con la mirada, y yendo de una a otra parte, sin quedar satisfecho.
Evidentemente tenía, aunque vaga, la idea de contar; pero la cifra era demasiado
considerable para su cerebro. Contemplado así los dos, perro y damara, el hombre no salía muy favorecido en la comparación ».
Según Conant (1968: 21), estos hechos «
deben disuadir al matemático de su empeño en situar su investigación sobre el origen del
número en una época demasiado
remota. Algunos filósofos han intentado
establecer ciertas proposiciones respecto a este problema, pero no han
conseguido llegar a un acuerdo. Whewell ha mantenido que "proposiciones
como dos y tres son cinco, que son ciertas necesariamente, contienen un
elemento de certeza más allá de lo que la mera experiencia puede darnos". Por otra parte,
Mili arguye que una afirmación de esta clase expresa
simplemente una verdad que se deriva de una experiencia primitiva y constante;
es esta opinión es apoyado calurosamente por Tylor». Para Conant, el origen del número
parece estar más allá de los propios límites de la
investigación; su concepción primitiva reside en
los fundamentos del pensamiento humano.
Los testimonios anteriormente
mencionados ilustran bien la dificultad inherente al proceso de enumeración y destaca también un elemento
importante, susceptible de prolongar la numeración
de una colección de objetos. Se trata de la noción
de "agrupamiento" o "base" que permite, agrupando los
objetos por conjuntos, conseguir aumentar considerablemente el número de objetos contados. Así,
las tribus primitivas emplearon agrupamientos de dos en dos, de tres en tres,
de cuatro en cuatro, de cinco en cinco, de seis en seis, de ocho en ocho, de
diez en diez, de doce en doce, de veinte en veinte y de sesenta en sesenta,
entre otros.
Según Boyer (1996: 22), primero se utilizó
el agrupamiento de dos en dos, después el de cuatro en
cuatro y de seis en seis, mientras que ocasionalmente, las variantes
corresponden a agrupamientos de tres en tres. En esta opinión es apoyado por Collette. (1985: 9). Sin embargo, los sistemas
quinario y decimal desplazaron de una manera casi invariable a los esquemas
anteriores. Struik (citado por Collette (1985: 10)) cita una investigación emprendida por la Universidad de Stanford sobre 307 sistemas de
numeración que se encuentran en las tribus primitivas americanas. De estos
sistemas, 146 pertenecen a los agrupamientos de diez en diez, 106 a los
agrupamientos de cinco y diez, 81 son binarios, 35 son de base veinte y de base
cinco y veinte, 15 pertenecen a los agrupamientos de cuatro, 3 son
agrupamientos de tres y uno sólo corresponde a la base ocho.
Un sistema muy natural y en boga es el
correspondiente a los dedos de la mano y puede implicar agrupamientos de cinco
en cinco (dedos de una mano), de diez en diez (dedos de las dos manos) y de
veinte en veinte (dedos de los pies y de
las manos).
La base cinco fue tomada por pueblos que aprendieron a contar con una
sola mano. Ifrah (1998: 127) nos muestra cómo en algunas regiones de África y Oceanía cuentan
manualmente: «
primero se cuentan las cinco primeras unidades extendiendo sucesivamente los dedos
de la mano izquierda. Una vez alcanzado ese número se despliega el pulgar
derecho, y luego se continúa
contando hasta diez extendiendo de nuevo los dedos de la mano izquierda, tras
lo cual se despliega el índice
derecho para registrar las unidades suplementarias ya consideradas. Se puede
contar de esa manera hasta 25. Y si no basta, se puede prolongar la operación hasta 30,
acudiendo una vez más
a los dedos de la mano izquierda ». Ejemplos de lenguas que han conservado la base cinco son las
lenguas caribe y arawak, en América;
el guaraní,
en América
del Sur; el api y huaylú, en Oceanía; el peulo,
wolof, serere, mandé,
krou y voltaicas, en África; y el
jemer, en Asia (Ifrah (1998: 108)).
Diversos pueblos, al darse cuenta de que inclinándose un poco
podían
contar, además
de con los dedos de las manos, con los de los pies, adoptaron la base veinte.
Así,
según
Ifrah (1998: 125), los cinco primeros nombres de número pueden ser asociados a los
cinco dedos de la mano, los cinco siguientes a los cinco dedos de la otra, los
cinco siguientes a los cinco dedos del pie, y los cinco últimos a los
cinco dedos del otro pie. Por ejemplo, según Lubbock (1987: 406) los indios
zamucas y muiscas para cinco dicen "mano acabada". Para seis,
"uno de la otra mano". Para diez, "dos manos acabadas" o a
veces "pie". Once es "pie-uno", doce,
"pie-dos", y así
sucesivamente; veinte es "pies acabados", o en otros
casos "hombre", porque un hombre tiene diez dedos en las manos y
otros diez en los pies, lo que hace en junto veinte. Ejemplos de lenguas que
han conservado la base veinte son lo tamamos de Orinoco, esquimales de Groenlandia,
los aínos,
zapotecas y mayas (Ifrah (1998: 108)).
La base diez, por su parte, fue la más difundida de
todas y su adopción
es hoy día
casi universal. Como hizo observar Aristóteles hace ya largo tiempo, lo extendido
de ésta
no es sino la consecuencia del accidente anatómico de que la mayor parte de
nosotros nacemos con diez dedos en la mano y otros diez en los pies (Boyer
(1996: 21)). Además,
la base decimal presenta una ventaja muy clara sobre otras bases, y es que los
nombres de número
o los símbolos
que exige son relativamente poco numerosos, y una tabla de sumar y
multiplicar, por poner un ejemplo, puede aprenderse de memoria sin apenas esfuerzo.
Una vez comprendida la noción de
agrupamiento, es natural que el hombre primitivo asigne entonces un símbolo
particular al agrupamiento utilizado: inventará así su sistema de numeración.
Según
Collette (1985: 10,11) existen varios procedimientos utilizados durante la
prehistoria que dieron lugar a los diferentes sistemas de numeración. El primero
consiste en prolongar el agrupamiento añadiendo unidad. Por ejemplo, si el
hombre primitivo emplea los cinco dedos de su mano izquierda como agrupamiento,
utilizará
uno a uno los dedos de su mano derecha (o los pies) para prolongar
la cuenta hasta diez. Otro procedimiento consiste en utilizar el principio de
la repetición
en la numeración
de los objetos contados. Por ejemplo, según Lubbock (1987: 402), los indígenas del
Errub y algunos del cabo York emplean el sistema
repetitivo siguiente: "netat" (uno), "naes" (dos),
"naes-netat" (tres), "naes-naes" (cuatro), "naes-naes-netat"
(cinco), "naes-naes-naes" (seis). El tercer método, muy poco
empleado durante la prehistoria, se basa esencialmente en el principio de
posición:
cualquier símbolo
posee el valor indicado por la posición que ocupa en la sucesión de símbolos que
representa un número
u otro. El ejemplo por excelencia es nuestro sistema decimal. Según Collette
(1985: 11), el desarrollo de los sistemas de numeración de la época prehistórica no fue,
probablemente, más
allá
del tipo aditivo no posicional.
Ya en este punto, es interesante preguntarse si
existe en los animales el sentido de "número", esto es, si son
capaces de reconocer y memorizar cantidades, aunque sean pequeñas. Responder
a esta pregunta es importante no sólo
porque nos revela la conducta de ciertos animales, sino más aún porque amplía nuestros
conocimientos sobre la naturaleza del pensamiento, sobre el concepto y origen
del número
y sobre las bases psicológicas
del pensamiento matemático.
El hombre posee un tipo de facultad que le
permite tener el sentido de número:
éste
le confiere la posibilidad de advertir que algo ha cambiado en una pequeña colección cuando un
objeto ha sido retirado o añadido
sin que él
haya tenido conocimiento previo de ello. Darwin, en su Descent
of Man, afirma que algunos de los animales superiores tienen
facultades (como memoria y alguna forma de imaginación), y cada vez resulta más claro que la
capacidad para distinguir número,
tamaño,
orden y forma no son propiedad exclusiva del género humano. Según Feller
(citado por Ifrah (1998: 34)), el estudio del comportamiento animal
es relativamente nuevo, y nació «del deseo de
los psicólogos
de definir al hombre no sólo comparándolo con sus
semejantes, sino además
situándolo
en el conjunto de los seres vivos. El animal proporciona un material de
experiencia paciente, fácil
de controlar. Con él
se pueden variar hasta el infinito las condiciones de la experiencia y llevarla
hasta sus límites.
Ingeniosos estudios han permitido iluminar qué acciones lograba realizar el
animal, desde las reacciones reflejas hasta las complejas funciones cerebrales,
tales como la capacidad de aprendizaje, la memoria e incluso el lenguaje o el
razonamiento ».
Los experimentos científicos llevados a cabo por el
notable zoólogo
O. Koehler parecen demostrar que los pájaros (Koehler experimentó con pájaros), en particular,
y ciertos animales, en general, se hallan más o menos dotadas del sentido del
número.
Según
Koehler (1968: 82), «nuestros
pájaros
no cuentan porque necesitan palabras, no pueden dar nombre a
los números
que perciben y con los que trabajan, pero sí se puede decir que piensan en
"números
sin nombre"».
Para Koehler (1968: 83,84) el hombre tiene dos habilidades pre-lingüísticas en común con los pájaros. La
primera es que puede comparar grupos de unidades presentadas simultáneamente sólo con ver los
números
de estas unidades y excluyendo todos los demás datos. Así, a un cuervo
y a un papagayo se les presentaron cinco cajas tapadas con
2,3,4,5 y 6 manchas cada una, la llave era una tapa
con uno de estos números
de manchas y estaba en el suelo frente a estas cajas.
Ambos pájaros
abrieron sólo
la que tenía
cinco manchas, o sea, el mismo número
que contenía
la llave modelo. La segunda habilidad es recordar números de incidentes correlativos
y así
guardar en su mente los números
presentados sucesivamente en el tiempo. Así, se ejercitaba a los pájaros dándoles sólo para comer "X"
granos, hasta que, sin ayuda alguna, de un gran número de granos
siempre comían
la misma cantidad determinada.
Otras experiencias llevadas a cabo con avispas,
cuervos, cornejas, jilgueros, etc. apoyan la tesis de que algunas especies
animales se hallan más
o menos dotadas del sentido del número, aunque circunscrito a límites muy
estrechos, reduciéndose
a lo que una percepción
inmediata permite reconocer de un vistazo. Sin embargo, ningún animal sabe
ni puede contar, pues como subraya E. Goblot (citado por Ifrah (1998: 37)) « esa abstracción, que
distingue la cantidad de las cosas de sus cualidades, es una característica específica de la
inteligencia humana ».
La facultad de contar en abstracto indica un proceso mental muy complejo y
constituye una adquisición
relativamente reciente de la inteligencia
humana.
No me gustaría terminar sin mencionar la
influencia que tuvo en esta época
la astronomía
y la religión
en los números.
En cuanto a la astronomía, los pueblos
primitivos poseían
ciertos conocimientos relativos al sol, la luna y las estrellas. Además, un pueblo
agrícola
debía
llevar la cuenta de los días
y de las noches, así
como las distintas estaciones. Los pueblos primitivos adoptan un calendario
lunar con el fin de diferenciar los aspectos cambiantes de la vegetación y poseer
unidades de tiempo útiles
y convenientes. Así,
Ifrah (1998: 73) nos muestra una representación del "calendario
lunar" usado antiguamente por indígenas del antiguo Dahomey, en África. Se
trata de una franja de tejido que lleva cosidos treinta objetos (granos, pipas,
conchas, piedras, etc.) alineados en sentido longitudinal, y cada uno representando
uno de los treinta días
del período
así
simbolizado.
En cuanto a la religión, es indispensable subrayar su
influencia sobre la vida primitiva, tanto en el plano espiritual como en el de
las acciones diarias del hombre primitivo. Usualmente se
supone que los números
aparecieron para responder a necesidades prácticas del hombre, pero hay
estudios antropológicos
que sugieren la posibilidad de un origen ritual. En un artículo aparecido
en 1962, Seidenberg (citado por Collette (1985: 15,16)) pretende demostrar que
el arte de contar pudo aparecer en conexión con ciertos rituales religiosos
primitivos: en los ritos ceremoniales que escenifican los mitos de
la creación
era necesario llamar a los participantes a escena en un orden preciso y
determinado, y quizá
la numeración
se inventó
para resolver este problema. Así,
partiendo de la hipótesis de
que una sucesión
definida de palabras acompañada
de una actividad familiar en la que la estas palabras son empleadas constituyen
los elementos esenciales para contar, emprende la demostración de la
siguiente conjetura: primero, los nombres de los participantes de un ritual son
de carácter
numérico
y, segundo, la base utilizada correspondería al número de personas de un ritual
fundamental y la necesidad de utilizar números altos provendría de la
continua repetición
de este ritual de base. Se propone explicar, utilizando el
testimonio de la historia, la procesión ritual, la procesión ritual por
pares, la presencia en escena de los participantes
en el ritual y la llamada que toma forma de número. Como conclusión, el autor,
que considera el mito como la forma de las palabras asociadas al rito, pretende
que el hecho de contar era con frecuencia el elemento central de un ritual y
que se contaban los participantes en el mismo. Esto le hace sugerir la hipótesis de que
la cuenta fue inventada como un medio de llamar a escena a los participantes de
un ritual. Según
Boyer (1996: 23,24) «
si son correctas las teorías
del origen ritual de la numeración,
entonces el concepto de número
ordinal puede haber precedido al de número cardinal. Por otra parte, un
origen de este tipo tendería
a apuntar a la posibilidad de que la numeración surgiera en un origen local único, para
extenderse después
a otros lugares de la tierra. Este punto de vista, aunque está aún lejos de
estar bien establecido, estaría
en armonía
con la división
ritual de los números
enteros en pares e impares, considerando a los primeros como femeninos y a los
segundos como masculinos ».
En conclusión, nosotros sólo podemos
hacer conjeturas acerca de qué
fue lo que impulsó
al hombre primitivo a contar, pero lo que está claro es que los orígenes de los números son más antiguos que
las civilizaciones más
antiguas. «
Ir más
lejos e identificar categóricamente
un origen concreto en el espacio o tiempo sería tomar, de manera equivocada,
conjetura por historia ».
(Boyer 1996:22)
Bibliografía
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1996 Historia de la matemática. Madrid, Alianza.
COLLETTE, J. P.
1985 Historia de las matemáticas. Madrid, Siglo Veintiuno.
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CRUMP, T.
1993 La antropología de los números. Madrid, Alianza Editorial.
GUEDJ, D.
1998 El imperio de las cifras y los números. Barcelona, Ediciones B.
IFRAH, G.
1998 Historia universal de las cifras: la inteligencia de la humanidad contada por los números y el cálculo. Madrid, Espasa, D.L.
KOEHLER, O.
1968 "La capacidad de los pájaros para contar". En: Sigma: el mundo de las matemáticas (Selección de textos matemáticos de todos los tiempos, con notas y comentarios por James R. Newman). Barcelona, Grijalbo. Volumen 4. pp: 80-86
LUBBOCK, J.
1987 Los orígenes de la civilización y la condición primitiva del hombre. Barcelona, Alta Fulla.
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09-02-2013 22:01,
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